Después de su fallecimiento, muchos colegas de Cuba y otros países escribieron sobre Oscar. Manteniendo en la mente de todos “su franqueza irreverente” como lo puso Jorge Núñez Sánchez en un artículo publicado en el sitio de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe. Aqui les dejos algunos excerptos y enlaces a cada publicación.
Recuerdo, en esta hora de tristeza, la viveza de su mirada, su locuacidad incansable, su gestualidad casi teatral y, sobre todo, su franqueza irreverente, que quienes no lo conocían podían tomar como agresividad o cinismo, pero que correspondía a su forma de ser: franco, abierto, irónico y cordial, a la vez.
– Jorge Núñez Sánchez, Oscar Loyola Vega o la Franqueza Irreverente
Sin dudas, este hombre que definió su quehacer con “Enseñar, enseñar, enseñar” en
reciente entrevista para la prensa nacional, era aún muy necesario en nuestras aulas y en nuestra producción historiográfica. Es una gran pérdida que lamentamos todos, especialmente sus alumnos que tan profundamente lo admiraron y admiran y que constituyen su principal obra.– Francisca López Civeira, La pérdida de un gran Maestro
Imán. Eso tenían sus oraciones, y su mirada, y su auténtica forma de evaluar, buscando siempre lo genuino del criterio, el sentir sin máscaras del alumno y no la repetición acrítica de parrafadas insufribles.
– Jesús Arencibia Lorenzo, El filo de Oscar Loyola
Por alguna razón, un artículo por Argelio Santiesteban originalmente publicado en el sitio de Cubarte ya no aparece. El artículo originalmente se podía encontrar en http://www.cubarte.cult.cu/periodico/entrevistas/25915/25915.html , pero ya no se encuentra. Por esa razón lo presentamos aquí en su totalidad.
Adiós, a un académico transgresor
Argelio Santiesteban, Sept. 8, 2014
No sé si por decisión de los dioses grecorromanos o de los orichas yoruba cubanos, este humilde emborronador de cuartillas un buen día amaneció designado como el guionista del equipo que iba a fundar el espacio televisivo Entre libros.No voy a negar que la idea me resultó atractiva pues, a pesar de mi insignificancia, coincido con José Martí en que “yo debí nacer sobre una pila de libros”.
Mas no todo fue coser y cantar. En el programa —de corte estrictamente institucional— no podíamos decir ni pío en cuánto a qué personalidad iba a ser invitada, pues la elección bajaba de las alturas, no sé si celestiales.
De manera que el invitado podía ser alguien que a las más provocadoras preguntas respondiese con desabridos monosílabos, o —lo cual era peor— un personaje convencido de que su ombligo, y no el Sol, era el centro de nuestro sistema planetario.
Así las cosas, un buen día supe que el próximo ungido por los dioses sería el doctor Oscar Loyola Vega, a quien yo solo conocía de leídas, sin haber visto jamás su enjuta anatomía.
Desplegando toda la diplomacia para la cual no nací predestinado, me comuniqué telefónicamente con el susodicho, participándole el proyecto. Y la respuesta del académico fue de las que hacen historia:
—Mi hermano, dime a qué hora debo estar en tu casa. Claro, voy si tienes algo que brindarme— dijo, desplegando ese democrático tuteo que tanto nos gusta a los nacidos en esta tierra.
—No hay lío, profesorazo. En mi modesto hogar siempre hay lo mismo café prieto que café blanco.
La risa del otro lado de la línea me estaba vaticinando lo que sucedió: tendríamos en el programa a un tremendísimo personaje, capaz de cautivar a quien estuviese frente al cristalito.
Tiempo después, gustosamente, en Librínsula —brazo electrónico de la Biblioteca Nacional— comenté el libro Cuba. Una Historia, escrito por Loyola en coautoría con Sergio Guerra Vilaboy, lo cual fue la segunda oportunidad para departir con el académico. Y este reencuentro me reafirmó mi diagnóstico en cuanto al singular personaje, que enseguida me atrevo a pronunciar.
Sí, bien sé del Doctorado en Ciencias Históricas que lo adornaba. Que era presidente de la Comisión de Grados Científicos de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de La Habana y miembro del Tribunal Nacional de Doctorados de Historia. Que los graduados de un curso de cierta universidad extranjera denominaron a su promoción como “Generación Oscar Loyola Vega”, en honor al ilustre profesor. Y un largo etcétera.
En efecto. Todos esos honores ornaban a Loyola. Pero, por encima de todos ellos, sentí que Loyola era acreedor de un título entrañable: ser un cubanazo.
Recuerdo haber mantenido con él este intercambio:
—Profe, ¿qué fue lo primero que lo atrajo hacia la Historia?
—Cometes un error. A mí no me atrajo la Historia, así, a secas. ¡Me atrajo la Historia de Cuba!
Ciertamente, exudaba cubanía por cada poro. Por inteligente —sí, los cubanos lo somos—, por conversador infatigable, por el sentido del humor (especialmente irónico en él).
Y debo agregar otro rasgo que lo identificaba con su pueblo: ser lo que llaman un boquiduro, incapaz de andarse con rodeos edulcorados. Al respecto, vaya como botón de muestra este intercambio que alguna vez mantuvimos:
—¿Qué es lo que más lo fastidia entre sus colegas, los historiadores cubanos contemporáneos?
—Argelio, me exasperan algunos de ellos que, aunque dueños de muchísima sabiduría, no saben escribirla con elegancia.
Claro, es el hombre que, poco antes de partir, declararía en una entrevista: “Jamás alguien me obligó a hacer algo. Asumo cada acto de mi existencia hasta el día de hoy y tengo plena conciencia de ello. Nunca he olvidado el compromiso social con mi país; de violarlo no me llamaría Oscar Loyola”. Y esta otra declaración de fe: “La verdad es todo aquello que me haga sentir satisfecho conmigo mismo”.
Infortunadamente, Loyola acaba de decir adiós a este mundo concreto, tangible y tridimensional.
Y nos va a hacer una falta sin fondo, como dijo el poeta. A su familia. A sus alumnos. A todos los que, sin serlo, nos instruyó divirtiéndonos. Y, sobre todo, a la Patria.